Nuevamente
Venezuela ha ganado la corona de la belleza femenina en el concurso mundial
“Miss Universo”. En este certámen
cada concursante representa a su país de orígen y la ganadora del título lo
lleva por un periodo de alrededor de un año, añadiendo a él, el año en que lo
ganó. La actual Miss Universo es la venezolana María Gabriela Isler, y con esta nueva corona, se suman 7 en total para
Venezuela, superando a Puerto Rico que lleva 5 y siguiendo ahora muy de cerca a
Estados Unidos que encabeza la lista con 8 ganadoras.
Esto es un
motivo de alegría y orgullo para muchos, y aunque a mi también me alegra por la
venezolana ganadora, no estoy de acuerdo con este tipo de certámen y explicaré
porque.
En este
tipo de concurso la belleza física está por encima de todo. Si, hacen preguntas
a las participantes, también muestran su vida acádemica y profesional, pero lo
determinante es la belleza física de la señorita y se desvirtua así lo más
hermoso que puede tener una mujer, la belleza del alma.
Cada día
noto belleza genuina, (mucho más allá de lo físico y superficial), en muchas
mujeres a mi alrededor y me pregunto como ciertos hombres parecen obviar ésta
delante de lo externo. Es como escoger un vino por su botella y no por su
calidad, pero el mundo le da una publicidad excesiva a la “botella”, es decir,
al cuerpo, porque la imágen vende y los interéses van por delante, aunque
atropellen muchas autoestimas de chicas especialmente hermosas en su interior.
Interesante
son esos concurso donde se premia algo que la chica ha obtenido verdaderamente
por sus própios méritos y no una cuestión genética “determinante”, pero estos
no suelen tener la misma promoción que estos certámenes, por tanto tampoco la
misma audiencia, y mientras tanto, muchas mujeres y hombres obvian su verdadera
belleza, la que está en el alma y refleja la belleza inmaculada de Dios.